Verónica Cereceda Bianchi, entrañable maestra

En la tarde de ayer 31 de enero, en Sucre, ha partido nuestra querida Verónica.

Vivía desde los años 70 en Bolivia, país que la cautivó con su gente y cultura.

Se ha ido con la plenitud de 98 años intensamente vividos. De jóvenes junto a su marido, Gabriel Martínez, exploraron por varios años el mundo del teatro popular, actividad que los llevó a tierras altiplánicas y descubrir la complejidad y riqueza de los pueblos andinos. De allí surgió su necesidad de los estudios de antropología y etnología que los hizo llegar tan lejos.  Así fundaron Antropólogos del Sur Andino (ASUR) para estudiar y proteger las expresiones culturales de los pueblos indígenas, y en paralelo dar origen al Museo, que vela por la persistencia de la cultura local.

El gran interés de Verónica por los tejidos tradicionales la llevó a centrar su atención en ellos y escribir en 1978 su extraordinario texto “Semiología de los textiles andinos: las Talegas de Isluga”, una develación del sentido cultural del tejido andino. Este escrito será el primer clásico de una fructífera producción que no se detuvo hasta el final de sus días. No solo los textiles fueron relevados en su trabajo sino múltiples expresiones culturales que recibieron su atención han sido protegidas como patrimonio a partir de su atención.

Su obra es tan extensa que estas pocas líneas no son suficientes para exponerla, afortunadamente han quedado sus escritos, charlas, videos, entrevistas y los conocimientos entregados amorosamente a cada uno de quienes pudieron escucharle. Su pausa y su dulce tono de voz es imposible de olvidar.

Las profundas huellas que el trabajo de Verónica nos deja en su incansable investigar, estudiar, analizar, comprender y compartir son palpables en la infinidad de tejedoras y tejedores, cultores, estudiantes, investigadores, artistas y muchos otros que han sido marcados a fuego por su amor y trabajo por el mundo andino.

Tuvimos el privilegio de contar con ella en la Reunión Anual de Cartagena, año 1998, ocasión imborrable para cada una de quienes pudimos asistir. Ahora, en ese otro lugar, quizás que redes estará ya tejiendo…querida Verónica, allá nos encontraremos.

Reunión Anual 1998, Cartagena, Chile

Anexamos aquí algo sobre su rica trayectoria:

https://correodelsur.com/ecos/20190505/un-viaje-por-el-amor-a-las-culturas-andinas.html

En el colegio nunca nos hablaron de que existía la antropología, nunca hubiera podido interesarme porque no sabía, no tenía noción de eso. Así que seguimos otras cosas, seguimos la literatura… y muy pronto nos dedicamos al teatro y tuvimos una larga experiencia”, rememora Verónica Cereceda, antropóloga chilena enamorada de los textiles andinos de Bolivia. Ella vive hace 32 años en Chuquisaca.

Una calurosa acogida en su hogar, entre textiles, talegos y árboles, abre la entrevista con CORREO DEL SUR. Del teatro a la antropología, un viaje al que Cereceda y su esposo Gabriel Martínez supieron acomodar sus vidas y viceversa.

“Mi esposo dirigía un teatro muy importante que había en Chile, en esa época era el Teatro de la Universidad de Concepción, un teatro lindo. La Universidad tenía un edificio teatral antiguo, con palcos, qué se yo, donde podíamos dar todas las funciones que queríamos y donde la Universidad traía toda clase de espectáculos”, comienza relatando con su suavidad habitual.

“Fueron años muy lindos en Concepción y éramos muy jóvenes; hicimos un montón de montajes. Yo empecé a escribir obras de teatro, pero en un momento dado quisimos dejar todas esas cosas universitarias y hacer un teatro, si tú quieres, más espiritual, más mágico. Entonces nos vinimos a Bolivia”, rememora con un brillo en los ojos.

El deseo de los esposos era encontrar un país con una población indígena “fuerte”; podía haber sido Guatemala, pero en cuanto escribieron a Bolivia, los contrataron, dice con una sonrisa. Se fijaron en ellos tres universidades: de Oruro, Cochabamba y Potosí, pero suficiente fue que llegaran a Oruro para ser contratados. Corría el año 1966 y “no teníamos idea de lo indígena ni de lo que podía ser un teatro indígena”, sonríe de nuevo.

El primer año acumularon experiencia en la ciudad y al ver el éxito con su primera obra, se les permitió avanzar al campo, por la región de Charazani. Aunque todas las comunidades quisieron participar por la ayuda que se les ofrecía, cuenta, se decidieron por Lunlaya, un poblado al otro lado del Lago Titicaca, frontera con Perú.

“Nos quedamos en Lunlaya, que es una comunidad chiquitita, nos pareció más fácil que entrar a una comunidad grande. Ahí tuvimos una experiencia preciosa, realmente conmovedora y muy linda, intentando hacer teatro con gente que nunca había oído la palabra teatro ni sabía de qué se trataba”.

Sus primeras obras partieron de los relatos míticos; los propios indígenas hacían el diálogo, la música, las expresiones. Luego se abocaron por un tiempo a las representaciones de sueños porque la gente soñaba mucho, dice. Así que todas las mañanas, Cereceda se encargaba de grabarlos y posteriormente tomó un conjunto de ellos para darles un significado.

Para ella, el escenario para sus presentaciones “era nada” comparado con las comodidades de un teatro en la ciudad. “Nosotros habíamos tenido todo un teatro enorme con las luces, sonidos, los empleados que corren las cortinas; esto era nada, cero. Lo único que hicimos como escenario fue una especie de cortina con un vegetal que permitía ponerse detrás para no verse y salir. Era lo único”.

Cuenta que cada actor entraba con un farolito, un mechero, y se sentaba en un pedazo de tronco y salía actuar cuando le correspondía y se volvía a sentar. “Eso era todo —recuerda bajando la voz—, no teníamos nada, pero teníamos a los músicos extraordinarios de Lunlaya. Extraordinarios. Fueron creando la música para este ritual, la repetían, la grabábamos, mi esposo lo dirigía. Fue una experiencia muy fuerte, muy fuerte”.

Después hicieron obras de teatro clásico, con el apoyo de la universidad orureña donde el elenco indígena fue bautizado como Teatro Kollasuyu. Todos los años salían de la comunidad hacia la ciudad, las regiones mineras, o donde fuesen enviados. “(Era) gente que jamás había salido de la comunidad. No era como ahora: ahora hay camiones por todas partes (risas). Las mujeres actrices, por ejemplo, nunca habían salido. Hicimos muchas giras con este grupo de teatro”, continúa, nostálgica, con su relato.

Luego de tres años en Lunlaya, sumergidos en el fondo de aquella cultura andina, decidieron estudiar, al fin, antropología.

“Yo siempre me he preguntado de esa relación entre la experiencia teatral, que fue larga para nosotros porque empezamos muy jóvenes, y después la cosa antropológica. Hay un trasfondo de humanidad en las dos cosas porque en el teatro tú estás mirando la vida, lo que pasa, lo que ocurre. En una obra de teatro tienes que entrar en vidas humanas representando como actor o como actriz, tienes que incluirte en un ser que no eres tú; hay un paso de ti a otra persona. Y la antropología se topa un poco con eso, vidas que no son tu cultura, pero que tienes que tratar de asumir y entender, también con ese mismo amor humano que estaba en el teatro”.

Teatro y antropología

Hay muy pocas experiencias conocidas de teatro que hubieran sido creadas por los indígenas. “Eran estupendos. Había algo que antropológico ahí”.

El arte en las tablas de los indígenas terminó porque el nuevo Rector de la Universidad de Oruro no estaba interesado en ese género y propuso el mismo proyecto en las minas, lo cual fue rechazado por ella y su marido. “No conocía el ambiente, no podía escribir sobre ellos, tenía que haber vivido allí; tal vez me hubiera enamorado también, pero primero debía vivir”, justifica llevándose las manos al corazón.

Tras entregarse a la antropología, confiesa que dejó de escribir obras para drama, aunque el fundador del Teatro de Los Andes, César Brie, le había propuesto a su esposo Gabriel volver a la aventura. Pero ellos mantenían la premisa de convivir en un lugar para empaparse de él. Así que no pudo ser.

Más allá de Lunlaya

Luego de sus experiencias indígenas, la pareja estudió Antropología en Lima e hicieron un doctorado en París. Cereceda dice que allí eran los más experimentados por su trabajo de campo tanto en nuestro país como en el altiplano chileno. “Cuando terminamos el doctorado, lo único que queríamos era volver a Bolivia. Podíamos haber vuelto a otro país o quedarnos en París, pero nuestro sueño era volver”.

Guardando modestia y sinceridad, relata que su sueño se cumplió primero por seis meses al haber logrado una beca en Chipaya, Oruro, y en otros lugares del país. “Terminando el doctorado hicimos todo lo posible por volver y tener proyectos por acá. Pero yo ya había venido a Sucre (1984) y me volví loca por algunos tejidos jalq’a que había visto; pocos, alguno tenía una amiga… Dije: ‘esto es lo que quiero estudiar’. Ya había estudiado textiles en otras regiones, digamos que era mi especialidad”.

“Aquí hicimos proyectos y nos empezamos a mantener acá y creamos ASUR (Antropólogos del Surandino). Eso es un poco la historia. Nos vinimos a Sucre en 1986; ya van 32 años en Chuquisaca porque vivimos otros años en Bolivia. Para mí, Bolivia es también mi país, totalmente: he hecho mi vida aquí, sobre todo mi vida profesional, que es lo más importante”, prosigue.

En Chuquisaca trabajaron con los jalq’a, los yamparas (entonces conocidos como tarabucos) y los tinguipaya, en el norte de Potosí, comunidades con las que iniciaron el programa “Renacimiento del Arte Indígena”.

Ser de la comunidad

Cereceda y Martínez son un ejemplo de que “querer es poder”. Ni la falta de caminos ni las fuertes necesidades que compartían con una comunidad los llevó a dar un paso atrás.

Apenada recuerda que en la década de los 60 había una enorme discriminación hacia los indígenas. “Realmente los trataban como una raza inferior. Estábamos conmovidos por esa situación y ha sido en parte, si tú quieres, una orientación de nuestras vidas: cómo los pueblos indígenas, a los que amábamos, los encontrábamos inteligentísimos, creadores extraordinarios, eran muy despreciados”.

En sus giras con los indígenas de Lunlaya, difícilmente eran recibidos en pensiones y alojamientos. “A todos los teníamos preciosos con sus trajes tradicionales, porque habíamos tejido todo de nuevo, todo lindo”, pero la discriminación era evidente.

Ya en Sucre, el Museo ASUR, dice, se creó para mostrar la maravilla de los indígenas y para que se los respetara y admirara.

“Eso es lo que ha sido nuestra vida acá ya tantos años. Gabriel falleció hace 19 años y nos quedamos con ASUR, y por supuesto ahora yo hace unos tres o cuatro años que estoy retirada. No me es fácil ir al campo. Las montañas las subíamos a pie; es que no había caminos en esa época”, vuelve a sonreír. Este proyecto funcionaba en la Casa Capellánica y fue desalojado con el justificativo de que al ser privado no podía ocupar espacios públicos. Finalmente, se estabilizó en la zona de La Recoleta.

El textil, un ser que actúa en el mundo

Cereceda explica que lo primero que le llamó la atención en un textil fueron las regularidades. “Mi primer trabajo fue con costales y talegas. Tengo un trabajo que es muy conocido en todas parte del mundo: ‘Semiología de los textiles andinos: las talegas de Isluga’, en francés, inglés y en castellano”.

En su criterio, un textil puede ser comparado con un ser humano “porque tiene vida propia, es un ser, no solamente es un tejido. Es un ser que actúa sobre el mundo”. Así también, en estos tejidos se pueden encontrar “pensamientos” propios de las tejedoras, sin necesidad de que sean traducidos al lenguaje oral.

“Por ejemplo, los tejidos andinos y esa es una gran cosa a diferencia de otras culturas—, jamás se cortan con tijera (…). Tú no podrías cortar, es un ser vivo, le quitarías el alma. No un vivo como un humano, es otra vida. Otra concepción de vida de los objetos”. •

LA MIGRACIÓN

Según la percepción de la antropóloga Verónica Cereceda, con la facilidad de los caminos hay una importante migración del campo a la ciudad, poniendo en riesgo los valores indígenas. “Yo creo que las mentes siguen y que son creadoras, que se puede hacer un montón de cosas que no se hacen por falta de recursos, de emprendimientos”.

CONSEJO A ESTUDIANTES

“Solo hay dos caminos: uno, estudiar, y dos, convivir. Si no convives, realmente no logras encarnarte de otra cultura (…) Es realmente asumir otra vida, que te pasen todas las cosas que le pasan a la comunidad. No digo asumir la pobreza en sentido de objetos, pero es un poco el camino…”.

(Texto: Soledad Hoces de la Guardia)



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